Nuestro Manifiesto
Nuestro propósito
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Nuestro propósito
Una familia permite celular desde los ocho años. Otra desde los diez. Una fija una hora para desconectarse. Otra piensa que todavía es temprano. Algunas autorizan WhatsApp, pero no redes sociales. Otras aceptan TikTok, pero solo para la familia y tiene que ser abierta, no cuentas individuales… Pregunta: Si hay treinta familias, veinte criterios, diez reglas y todos conviven en el WhatsApp del curso… ¿Cómo nos ponemos de acuerdo? Conoce una metodología y descarga el material que se requiere para llevarla a cabo.
Bienestar Digital
Mundo Digital
Septiembre 21, 2026
Daniel Halpern
PhD en ciencias de la comunicación

Durante años tratamos el bienestar digital como si dependiera principalmente de la voluntad de cada niño y de la capacidad de sus padres para poner límites. Si algo no funcionaba, la explicación parecía obvia: al niño le faltaba autorregulación o a sus padres les había faltado firmeza.
Pero después de más de una década estudiando este tema, creo que esa explicación ya no es suficiente. No porque los límites hayan dejado de ser importantes, sino porque el problema cambió de escala. Gran parte de la vida digital de nuestros hijos no ocurre individualmente. Ocurre en grupos de WhatsApp, videojuegos, redes sociales y comunidades formadas por sus propios compañeros. Por eso, lo que decide una familia termina afectando a todas las demás.
El problema: cada límite compite con el del vecino
Antes, un niño salía a jugar y sus padres le decían que regresara a las siete. Seguramente algún amigo podía quedarse hasta las ocho, pero la diferencia se producía entre dos o tres niños que estaban en la calle. Hoy, en cambio, el hijo entra a un grupo de WhatsApp con 35 compañeros. A las diez de la noche, algunos siguen conversando, otros comparten videos y alguien comienza a organizar lo que harán al día siguiente. En ese contexto, pedirle que deje el celular no significa solamente apagar un aparato.
También puede significar abandonar la vida social del curso mientras esta continúa sin él. Por eso los padres escuchan respuestas como: “Pero todos están conectados”, “me voy a perder lo que están organizando” o “si no respondo, mañana voy a quedar fuera”. Y muchas veces es verdad. El límite sigue siendo necesario, pero su costo social se vuelve mucho más alto cuando ninguna otra familia establece algo parecido.
La paradoja: la familia que más cuida puede sentir que más perjudica
Aquí aparece una paradoja difícil. Los padres que intentan proteger el descanso, retrasar el acceso a ciertas aplicaciones o reducir el tiempo de conexión pueden sentir que están dejando a su hijo en desventaja frente al grupo. No quieren entregarle un celular todavía, pero temen que se quede fuera de las conversaciones. No quieren que participe en WhatsApp hasta tarde, pero tampoco quieren que al día siguiente sea el único que no sepa lo que ocurrió.
La Radiografía Digital Niños, Niñas y Adolescentes 2026 muestra esta dificultad. Aunque la mayoría de los niños y adolescentes declara tener horarios y límites, aproximadamente uno de cada cinco reconoce que en su casa no existen reglas o que, aunque existen, casi nunca las cumple. Esto significa que dentro de un mismo curso conviven experiencias muy diferentes. Y basta con que una parte del grupo permanezca conectada para que el resto sienta la presión de hacerlo.
Por eso no corresponde concluir simplemente que “los padres de hoy no ponen límites”. Muchos sí lo intentan. El problema es que están tratando de resolver individualmente una presión que se produce colectivamente.
La solución: pasar de los límites aislados a los acuerdos compartidos
Un acuerdo digital no busca que todas las familias sean idénticas. Tampoco pretende decidir cada aspecto de la crianza o imponer una única forma de usar la tecnología. Su objetivo es mucho más concreto: construir mínimos comunes que reduzcan la presión sobre cada familia.
Por ejemplo, un curso puede acordar que los mensajes enviados después de cierta hora no necesitan respuesta inmediata. Puede definir una edad orientadora para crear el primer grupo de WhatsApp o establecer que los adultos no utilizarán esos grupos para resolver conflictos entre estudiantes.
También puede acordar que ninguna fotografía de un compañero será compartida sin permiso o que los problemas ocurridos en línea serán conversados antes de convertirse en acusaciones públicas. No se necesitan veinte reglas. Se necesitan pocos criterios, fáciles de comprender y posibles de sostener. Un buen acuerdo no elimina todas las diferencias. Crea un piso compartido desde el cual cada familia puede tomar sus propias decisiones sin sentirse completamente sola.
La solución: reunir a quienes representan a la comunidad
A partir de esta necesidad, desarrollamos una metodología de trabajo compartida con EducomLab en que comenzamos implementando un taller junto con Centros de Padres y equipos directivos de distintos colegios. Y la decisión de reunirlos no fue casual.
El colegio conoce los conflictos que ocurren entre los estudiantes, los desafíos de convivencia y las necesidades de cada etapa. Los Centros de Padres, por su parte, pueden representar las preocupaciones familiares, ordenar posiciones diferentes y entregar legitimidad a los acuerdos.
Si ambos trabajan por separado, el colegio puede proponer medidas que las familias sientan como una imposición, mientras que los apoderados pueden impulsar iniciativas difíciles de aplicar institucionalmente. Cuando trabajan juntos, la conversación cambia.
El objetivo deja de ser descubrir quién tiene la razón y pasa a ser construir un piso común que la comunidad pueda comprender, validar y sostener.
Una metodología que comienza por los problemas, no por las reglas
Junto a los Centros de Padres y equipos directivos, comenzamos identificando los problemas comunes: ¿Los estudiantes reciben mensajes durante la madrugada? ¿Existen conflictos por exclusiones de grupos? ¿Las familias sienten presión para entregar celulares antes de lo que consideran adecuado? ¿Se comparten fotografías sin consentimiento? ¿Los padres saben cómo actuar cuando surge un problema digital?
Una vez identificado el problema, recomendamos definir a quién afecta, qué actores deben involucrarse y qué acuerdos podrían ayudar. Después se construye una hoja de ruta: qué cursos o ciclos necesitan ser abordados, qué actividad se realizará, quiénes serán responsables, cómo participarán las familias y cuál será el siguiente paso. Nosotros recomendamos la realización de 6 talleres familiares para poner estas discusiones y validar los acuerdos.
El rol fundamental de los Centros de Padres
Los Centros de Padres no deben decidir cómo tiene que criar cada familia. Su aporte es facilitar una conversación que individualmente resulta muy difícil de organizar. Pueden escuchar, representar posiciones diferentes, ayudar a priorizar los principales problemas y validar los acuerdos frente a la comunidad.
También permiten algo esencial: que las familias no reciban solamente una regla, sino que comprendan por qué existe y cómo puede proteger el bienestar de sus hijos. La legitimidad no depende de que las 30 familias piensen exactamente igual. Depende de que hayan sido consideradas, que el proceso sea transparente y que los acuerdos respondan a problemas reales.
Durante demasiado tiempo les pedimos a los niños que resistieran solos la presión del grupo. Después les pedimos a los padres que solucionaran individualmente el problema dentro de sus casas. Quizás llegó el momento de aceptar que hay desafíos digitales que solo pueden abordarse como comunidad.
Por eso invitamos a los Centros de Padres y equipos directivos a reunirse, conversar y construir juntos una hoja de ruta que permita alinear al colegio, las familias y los estudiantes. Porque cuando existen 30 familias, 20 criterios y un solo curso, no necesitamos imponer una única forma de criar. Necesitamos construir acuerdos que nos permitan cuidarnos entre todos.
Los invitamos a descargar el material del taller y comenzar a construir su propio acuerdo digital como comunidad escolar.

PhD en Information and Communication Sciences, director del Magíster en Comunicación Estratégica UC, reconocido charlista y autor del libro El poder de la conexión. Con una sólida trayectoria en investigación sobre el impacto de la tecnología en la convivencia y las relaciones humanas, aporta una mirada profunda y actualizada al fenómeno de la crianza digital.